Cuando callan las trompetas

Publicado el 29 December 2010
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Por Jesús Villaverde Sánchez.

En el momento en el que se toca techo y se hace cumbre todo lo que viene después es, necesariamente, un producto venido a menos. Un resto de esa cumbre que cae, a veces estrepitosamente, a veces de manera más sutil. Pues bien, creo que Alex de la Iglesia tocó techo con dos filmes: La comunidad y El día de la bestia. Todo lo que ha venido después, ya lo saben. La etapa postcumbre no necesariamente tiene porque ser mala, no quiero decir tampoco eso, pero aunque se considere aceptable, no es parecida a esos dos techos de su cine.

Esta vez la película comprende un periodo de tiempo convulso en nuestra historia. Comienza con un niño que ve como asesinan a su padre, un payaso preso, mientras trabaja forzosamente en la construcción del Valle de los Caídos, y concluye en el tardofranquismo del asesinato de Carrero Blanco. El niño ve como su padre, el Payaso Tonto (Santiago Segura), es asesinado, y la semilla del dolor y la venganza es sembrada en su subconsciente fatalmente.

Ya de mayor, Javier (Carlos Areces) decidirá coger el testigo de su padre y, siguiendo su consejo, se convierte en Payaso Triste, un payaso que nunca ha sido niño. Los azares de la vida le llevan a un circo dirigido por otro payaso, Sergio (Antonio de la Torre). La familia circense es muy amplia y entre ellos se encuentra una de las estrellas, la acróbata Natalia (Carolina Bang), que dará el giro a la trama. Sergio sale con ella, pero fuera del circo deja de ser un payaso y pasa a ser un ogro: la maltrata a menudo, a la vista de todo el personal del circo. Hay que destacar notablemente los minutos en los que tiene lugar la presentación del circo, que, sin ser nada del otro mundo, me parecieron lo mejor de la cinta. Con una sencillez pasmosa, el director nos adentra en los complejos mecanismos de esta familia ambulante de artistas.

La historia no innova en absoluto: los dos chicos se enamoran de la misma chica, entran en un bucle destructivo y finalmente tiene lugar un episodio que hace que el giro sea absoluto y que sus vidas se separen por completo. Desde entonces ninguno de los dos será el mismo. El circo dejará de ser tal y Javier se convertirá para siempre en Payaso Triste, mientras que Sergio será su némesis. Es muy destacable, para bien, el cambio de actitud que sufren los personajes, ya de por sí excesivos, a lo largo de la película, que dan las razones del futuro círculo de destrucción en el que se involucran.

Las escenas de violencia son descomunales durante todo el metraje, con una carga importante en el acto del giro argumental, donde las trompetas cobran toda la importancia que obtendrán en el film. El problema no es la violencia en sí, sino la excesiva visceralidad y algunas imágenes que, perfectamente, podrían ser eliminadas, pues no aportan nada a la trama, tan solo el morbo y el punto gore que se busca. No obstante, el director transmite un pesimismo y una visión de la humanidad aterradora entre líneas.

El reparto es irregular. Los dos payasos son bastante escalofriantes y tanto Carlos Areces, en un sorprendente papel, como Antonio de la Torre, espeluznante in crescendo, cuadran dos buenas actuaciones. No puedo decir lo mismo de la nueva musa del director, Carolina Bang, que si bien sirve correctamente para su papel de objeto de deseo de ambos, resulta muy sobreactuada en algunos momentos de la película. Del elenco de secundarios destacaría por encima de todos el breve papel de Fernando Guillén Cuervo, interpretando al general republicano Enrique Líster, de manera más intensa y estudiada que algunos protagonistas.

Balada triste de trompeta dibuja un Madrid suburbial y oscuro, alrededor de la polémica cruz del Valle de los Caídos, que despierta antiguos fantasmas de la guerra civil y queda a merced de un guión convulso que tiene puntos sarcásticos muy potentes, y una banda sonora increíble, pero que deja con un sabor de boca agridulce. Una historia muy de Alex de la Iglesia, en cuanto a los payasos, y que tiene una importante labor de inspiración en hitos de su propia filmografía: la escena final recuerda sospechosamente a El día de la bestia, y la protagonista rememora, salvando las distancias, por supuesto, a la Carmen Maura de La comunidad.

“Balada triste de trompeta por un pasado que murió… Balada triste de trompeta de un corazón desesperado…”.

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