“El Espía que surgió del frío”. Lo mejor de aquella guerra

Publicado el 3 June 2010
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Lo peor de la Guerra Fría daría para una enciclopedia de tres mil volúmenes, pero lo mejor cabe en una cinta que no llega a las dos horas. Eso es. La Guerra Fría convirtió a Richard Burton en un alcohólico dantesco, solitario, gris, Martin Ritt la rodó por tanto en blanco y negro, era lo más adecuado.

¿Hasta dónde puede llegar un hombre para defender algo que tiene muy poco que ver con él?

El sacrificio de Alec Leamas (Burton) sólo habría sido en vano si el film no hubiera merecido la pena, pero la merece, y  este espía aprovechó para enviarnos varios mensajes, y no todos cifrados: la guerra, fría o caliente, siempre es sucia. La guerra, fría o ardiente, siempre deja víctimas.

John Le Carré sabía bastante de estos temas, de su novela partió el guión de la extraordinaria película del director de El largo y cálido verano, que huyó del artificio que imperaba entonces, nada de mecheros que explotan, nada de mujeres fatales (lo lamento, Claire Bloom) ni de seductores con un arma. En El espía que surgió del frío, cuando un hombre corre se cansa, cuando miente mucho no recuerda la verdad, y cuando no hay verdad hay que inventarla. Así es la guerra. Fría. Así es el film de Ritt, un drama imprescindible en el que la escala de grises es interminable.

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